Temporada de estatuas

por carles66

El número 11 de la colección “Palabra de honor” de Visor Poesía presenta este libro del poeta colombiano Juan Manuel Roca. Un servidor sigue de descubrimientos, esta vez con un excelente sabor de boca. Revisando las últimas notas sobre poesía en castellano, me he dado cuenta que los poetas comentados no formaban parte de mi círculo de “asideros” para la salvación. Juan Manuel Roca, a partir de hoy, sí. ¡Qué les voy a decir! Su poesía, sin renunciar a nada, es una poesía que se entiende, que llega al lector con su fina ironía, su humor y sus ganas de comunicar cosas. Además, el tono unitario que le da al libro, a partir de este hilo conductor de las “estatuas”, permite al lector familiarizarse con una reflexión que nos reconcilia con la condición humana. Sin querer entrar en la eterna discusión sobre el concepto de “arte contemporáneo”, creo que el lector encontrará en los versos de este excelente poeta un motivo para reconciliarse con las palabras que, lejos de vulgarizarse, aspiran a la perfección literaria sin menospreciar ni renunciar a la comunicación. El poder de las palabras, el poder salvador y curativo de las palabras, adquiere así su auténtica fuerza y valor. Lo dice (mucho mejor, claro) Luis García Montero en el epílogo: “el poeta más libre es el que conoce las tradiciones y las mezcla, y pasa de una a otra sin perder el calor de su palabra, su originalidad natural, que no se defiende en la invención de un lenguaje raro, sino en la manera personal de utilizar el idioma de todos, para que las amenzas de Babel desaparezcan en unos poemas con sentido.” Sirva el siguiente poema como ejemplo de esto que acabamos de decir:

No basta con acompañar la caza mayor de los grandes poetas.
Es bueno visitar en el mercado la poesía en traje de fatiga:
vendedores de lotería y maquinistas de tren que viajan al olvido.
No basta con estudiar el arte de espaciar silencios o de esparcir sonidos.
Es precido oír sinfonías para lluvia y violín, para noche de abril y mar en celo.
No basta con acudir a los pintores salvajes: el sueño
nos lleva a recorrer hermosas islas, frescos de un tiempo
escondido en los pliegues de una olvidada memoria.
No es de rigor seguir las huellas de los grandes viajeros:
la voz llega de viaje por las oscuras provincias del alma.
El agua es ágrafa y sin embargo escribe en la pizarra del río el porvenir del mar.
El viento es ágrafo, pero escribe en el aire un olor de mangle,
un temblor de trigal.  La luna es ágrafa y traza la sombra de otro mundo
en los muros de la ciudad. Y a veces creermos que inventamos la escritura.

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