Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

por carles66

1.- Fragilidad.  Hay unos versos de Antoni Marí que dicen (traduzco del catalán):

Que de un momento a otro cualquiera de nosotros
pudiera morirse y desaparecer, me hacía sentir,
de una manera aún inexpresable, la fragilidad de la existencia
pensar que era el azar que nos mantenía vivos;

Si cambiamos “muerte” por “ceguera”, las palabras del poeta catalán casan perfectamente con una de las sensaciones más fuertes que experimenta el lector de esta gran novela de Saramago. Y pienso que quizá no haría falta cambiar nada, porque los personajes de “Ensayo sobre la ceguera” mueren en relación a la vida que habían llevado con anterioridad al extraño fenómeno de su ceguera, pero no únicamente por el hecho físico en sí, sino porque éste es el detonante para que aflore todo lo malo de que es capaz el ser humano: las convicciones, la propia dignidad, el respeto a los demás… tantas cosas con las que nos llenamos la boca y que, cuando realmente son puestas a prueba, se desmoronan como un castillo de naipes. Esto es lo terrible: responder a la pregunta de por qué somos lo que somos y, sobre todo, de qué depende que seamos como somos. ¿Es, como dice Marí, sólo cuestión del azar, de la suerte, de aquello que llamamos “destino”? Las atrocidades que nos describe Saramago, desgraciadamente, no nos resultan ni exageradas ni increíbles. El lector, mientras asiste conmocionado a este descenso a los infiernos, no puede dejar de decirse a sí mismo: “es verdad, seríamos capaces de esto, y de mucho más”. Qué importante resulta, pues, y más en el mundo que nos ha tocado vivir, reflexionar, pararse a pensar en uno mismo, para reafirmar las convicciones y tratar de argumentarlas. Debemos ser capaces de evitar el dejarse llevar por la coriente, vivir más en la vida de los demás que en la propia, lograr, en definitva, que nuestra vida sea una vida fundamentada en aquello que queremos vivir y no en lo que las circunstancias y los demás nos puedan hacer vivir.

2.- Esperanza. Se ha comentado mucho el pesimismo del escritor portugués, él decía que no era pesimista y respondía a los que se lo preguntaba: “mire usted al mundo y dígame cómo lo ve”.  En la novela he encontrado esperanza y, por tanto y en cierta manera, optimismo. Una esperanza real y objetiva, aquella que no vendrá por las acciones de las grandes masas (cómo se llenan la boca los políticos de palabras como “el pueblo”, “el país”, “la nación”, “la gente” para decir lo que a ellos les interesa en particular…). Las pequeñas acciones, los pequeños gestos, la unión de un grupo de personas que encuentra motivos para seguir andando a pesar de los pesares… es esto lo que de verdad puede cambiar el mundo. No podemos sentarnos a esperar que los demás cambien para hacerlo nosotros. Al final de la novela, cuando la “epidemia” de ceguera desaparece, el mundo es una página en blanco. No sabemos cómo la escribirán los supervivientes de tantas adversidades, ni lo que pondrán en ella, pero el lector tiene el firme convencimiento que es en esta libertad, precisamente, donde radica toda la cuestión. Siempre podemos volver atrás, siempre podemos aprender de nuestros errores, siempre nos queda el saludable ejercicio de poder rectificar. Cuando dejamos al oculista y a su mujer, a la chica de las gafas oscuras y al viejo del parche en el ojo, al niño estrábico y al matrimonio, sabemos que han aprendido la lección o, por lo menos, que deberían haberla aprendido. El mundo, gracias a ellos, puede recomenzar.

3.- Agradecimiento. La literatura me ha permitido ser como soy, las páginas de los libros han contribuido a que mi vida no esté al capricho del azar. Sé quién hubiera podido ser si un día no hubiese quedado deslumbrado por la magia de las palabras. Gracias, pues, a los libros, que nos permiten encontrar la luz que nos libera de la oscuridad en que podemos vivir, que nos curan la peor ceguera que uno pueda sufrir: la de no querer ver, la de cerrar los ojos y dejarse llevar por una corriente que nos deshumaniza y nos mata. ¡Feliz lectura!

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