Rescate, de David Malouf

por carles66

David Malouf picture at book meeting. (Taken b...

Soy de los que se resiste a creer que este mundo es un “valle de lágrimas” en el que debemos aprender a soportar sinsabores y amarguras para, caso de merecerla, Dios nos regale una vida eterna entre nubes, alitas de querubín y “Philadelphia” de Craft sin restricciones. Prefiero pensar que la felicidad no es una utopía para ingenuos y que es mejor no buscarse problemas añadidos a los que la vida ya te regala sin que se los pidas. Dicho esto, la lectura de esta maravillosa obra que es “Rescate” (Libros del Asteroide, 2012) del australiano David Malouf, me ha despertado unas reflexiones que paso a considerar.

Nada más aborrecible ni trágico que una guerra, ningún camino más evitable que el que te lleve a matar a un ser humano, sin embargo, en cuántas ocasiones este hecho, el de la guerra, ha provocado en alguien la posibilidad de que aflorase en él lo mejor que llevaba dentro. Los seres humanos somos contradictarios por naturaleza: cuando todo nos va bien tendemos a relajar nuestro comportamiento mientras que, en épocas menos propicias, nos esforzamos por vencer la adversidad con muestras irrefutables de nuestros mejores sentimientos y valores. Parece que en la bonanza llegamos a olvidar quiénes somos y en la tempestad quisieramos recuperarlo desesperadamente. No siempre es así, claro, los hay que son buenos o malos sea cual sea la situación en la que se encuentren. Me refiero, sobre todo, a los que transitan por el mundo sin demasiada conciencia de quiénes son o cuál ha de ser su papel en el tablero, que dejan pasar los días sin reflexionar sobre sus pasos ni toman conciencia de lo que pasa a su alrededor. Algo así les ocurre a Príamo y a Aquiles en “Rescate”. Para mí, el acierto de Malouf en esta novela es que los transforma en hombres, es decir, dejan de ser el gran rey de Troya o el hijo de la diosa Tetis, que cumplen el destino que los dioses les han marcado y pasan a ser, por unas horas, hombres de carne y hueso que no tienen más destino que cumplir que el de escuchar su propia voz, su conciencia.

Los dos enemigos, en esta tesitura, se descubren hombres como los demás, aprenden a refrescar sus pies en la fresca agua del riachuelo, saborear un comida casera o acordarse de su hijos, a quienes hace años que no ven, y saberse padres y arrepentirse del tiempo perdido. Revestidos de esta humanidad, no hay enemistad. ¡Qué gran lección! Cuando vemos otro ser humano ante nosotros, cuando primero pensamos en él como un igual y no únicamente como alguien a quien derrotar, el odio desaparece y la necesidad de entenderse se convierte en el principal objetivo. Desgraciadamente, la magia sólo dura un instante. Una vez Príamo ha conseguido el cuerpo sin vida de Héctor, tanto él como Aquiles deben volver a sus “papeles”, a sus vidas ya marcadas de antemano, a representar su cometido y dejar de ser quienes quieren ser. Volverá la guerra. Volverá el odio que no conoce nombres ni aprende a reconocer rostros. La sinrazón. En estos tiempos que vivimos, cuando una opinión contaria se vuelve una mentira y alguien con quien disentimos es un enemigo, sería bueno que, antes de que llegara la guerra, hiciésemos lo posible para sacar lo mejor de cada uno de nosotros sin necesidad de ver correr sangre. ¡Feliz lectura!

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