Cuadernos de Hiroshima, de Kenzaburo Oé.

por carles66

Maquetaci—n 1Meditentur dignitatem

Es, precisamente, la dignidad, la gran protagonista de estos ensayos del premio Nobel Kenzaburo Oé, publicados en Anagrama en noviembre de 2011 (aunque en su versión original japonesa son de 1965). Y más concretamente de la recuperación de la dignidad por parte de personas , en este caso las víctimas del atroz ataque nuclear, que no la han perdido sino a quienes, extraña paradoja, les ha sido arrebatada sin tener ellos nada que ver. No es algo nuevo, aunque por las dimensiones que aquí adopta resulte especialmente significativo: nuestro mundo de perfecciones, donde hay que ser alto y guapo, delgado y de medidas proporcionadas, con dinero, seductor, etc. las imperfecciones no suelen ser demasiado bien toleradas. Las cicatrices (tanto las del alma como las físicas) se esconden en la penumbra de salones olvidados, no salen a la calle, permanecen en silencio, se reservan únicamente para conmemoraciones especiales donde exhibirlas como el ejemplo de lo que no tiene que volver a ocurrir.

Este ocultamiento, esta vergüenza se fomenta desde ambos lados, culpables y víctimas, aunque por distintas razones. Las víctimas, inocentes receptores de todo lo deleznable que tiene el ser humano, sienten que su lugar en el mundo ha desaparecido, no entienden nada de lo que les pasa pero, al mismo tiempo, creen que no tienen a nadie a quien recurrir. Su tragedia es personal, intransferible, lacerante (¡qué importante tener ayuda en momentos así y que haya personas dispuestas a ofrecerla!). Quieren ocultarse, no ser una carga para nadie, permitir con su sacrificio que la rueda de la vida gire en su monotonía sin romper ninguna rutina. Para qué reclamar justicia si, para ellos, la justicia ya no podrá existir. En definitiva, no quieren molestar, ser una mancha que ensucie la inmaculada presencia pública de la hipocresía que gobierna nuestro mundo. Si no vemos la injustica, ¿quién será el que se atreva a señalarla con el dedo?

El culpable, en cambio, desea perder su condición de tal cuanto antes. Se carga de “razones” para justificar su miseria y su criminal proceder, pide perdón, ofrece algunos regalos para endulzar la situación y que la víctima renuncie a reclamar la dignidad pisoteada. Total, no es para tanto. En el caso japonés, además, se trata de reconocer una derrota humillante para un pueblo altivo y orgulloso de su imperio. En el caso americano, ¿qué “sueño” podrían vender a partir de entonces si se mostrasen a ojos del mundo como los causantes de uno de los mayores genocidios de la historia? Mejor dejar ese papel a otros y lanzar tabaco y chicles para que todos vean lo generosos que son. Además, con la bomba atómica lograron terminar con la guerra, ¿no es ése un loable fin que justifica los terribles “efectos colaterales”?

Oé denuncia esta situación y el silencio que se ha querido extender sobre las secuelas de la bomba, los miles y miles de muertes que se han producido años después del ataque como consecuencia directa de él y que nadie quiere reconocer. En medio de esta situación, auténticos héroes de nuestro tiempo, como el doctor Shigetô, que han dedicado su vida a estar al lado de las víctimas y lograr que sus vidas y sus testimonios, salgan a la luz, merecen que les recordemos y les demos las gracias por dejarnos ver de nuevo las estrellas.

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