Elegías a Julia Gay, de José Agustín Goytisolo

por carles66

goytisoloEn 1993, la editorial Visor reunió en un solo volumen las dos colecciones de poemas que Goytisolo dedicó a la memoria de su madre, “El retorno” (1955) y “Final de un adiós” (1984), volumen que cuenta con un excelente prólogo de H. Vázquez Rial. No voy a destacar aquí ni a estas alturas la figura del poeta de Barcelona, aunque la lectura de estos poemas sí que me permite hacer unas consideraciones sobre esto que se conoce como “poesía de la experiencia” y que no siempre se utiliza para bien. De entrada, quizá el equívoco viene de la palabra “experiencia”, ya que bajo este lema algunos quieren ver una poesía escrita como “dietario”, en la que el poeta se “limita” a explicar al lector aquello que le ocurre, piensa o siente con palabras “fáciles de entender”, lejos, por tanto, del artificio literario. Para contestar esta simplificación evidente (no siempre ingenua ni bien intencionada) baste recordar, por ejemplo, lo que dijo Luis García Montero sobre el hecho de que nadie “vive un poema”, es decir, el poeta no es nunca el protagonista de lo que escribe (aunque escriba sobre lo que viva, piense o sienta). Goytisolo decía también que no hay que confundir los “buenos sentimientos con la buena poesía” y que “poeta no es el que siente  se conmueve sino el que hace sentir y conmoverse”. En todo proceso poético, por tanto, se parte de la vida pero, al mismo tiempo, se genera la distancia necesaria entre el poeta y el “yo poético” para que el primero incorpore, como no puede ser de otra manera, el artificio, el oficio, la artesanía necesaria para lograr que aquello que uno lleva dentro pueda llegar al lector en forma de lengua universal. Vivimos en un mundo en el que la obra se justifica por la intención del “artista”, dicho de otro modo, si uno planta una acelga descolorida en mitad del Paseo de Gracia y con ello pretende, pobre angelito, llamar la atención del mundo sobre la degradación de la naturaleza, sus intenciones pueden ser loables, pero su “arte” estaría mejor encerrado a cal y canto en las bodegas de su cerebro. Semejantes barbaridades se podrían evitar  leyendo, por ejemplo, la poesía de poetas como Goytisolo, poesía que nos enseña que no hay que confundir la poesía con el arte. Vivir, vivimos todos, pero sólo unos pocos logran, con su oficio, que lo que viven sea compartido por todos y generar belleza. Y si no, lean, lean (por cierto, poema para todos los que se dedican a educar, también en este sentido podemos aprender mucho del poeta catalán):

Tú me explicaste un mundo
sin miedo sin fantasmas sin castigo
sin cuarto de las ratas
un mundo en el que el lobo
era bueno y quería lamerme igual
que a sus cachorros
y en el que el hombre del saco
jugaba a no encontrarme
y luego me mostraba sus latas y botellas
sus pieles de conejo.
Hasta el diablo
era allí un aliado burlón
que al mudar de disfraz se volvía
un niño como yo
que no sabía
que existiera un infierno al otro lado
sino sólo una piedra negra
en el pecho de los malignos.

me explicabas todas estas cosas.

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