Passi-ho bé, senyor Chips, de James Hilton

por carles66

hiltonEsta deliciosa novela publicada por Viena, en traducción de Miquel Desclot, nos presenta a un entrañable profesor y su no menos entrañable vida. Una vida que merecer ser contada no por los éxitos o fracasos de que toda vida está jalonada, ni por ser su protagonista alguien destacado en algún ámbito público, como el deporte o la política, sino en todo caso, y aquí creo que radica su carácter simbólico y salvador, por contener en ella todo lo que de humano nos pertenece y merecemos. En efecto, el señor Chips (Chipping en realidad pero lo prefiero así, abreviado tal como le conocían sus alumnos y sus seres más queridos) es un ser que en nuestra sociedad de hoy no nos costaría tildar de “normal”. No pasará a la historia con mayúsculas ni la televisión se hará eco de su muerte. No. Es otra su razón de existir, otra su felicidad y el sentido que le da a esta palabra. El señor Chips es un buen profesor de clásicas, alguien que quiere a sus alumnos y, también, quiere aquello que puede hacer con ellos: nada más ni nada menos que acompañarles durante un tramo de sus vidas y dejar huella, de la misma manera que ellos dejan huella en él. Para ello traduce a los clásicos, hace bromas cuando puede, les invita a tomar té en su casa, habla con ellos, se esfuerza por conocerles, por entender sus inquietudes, sus temores e ilusiones, en definitiva, comparte su humanismo con los demás, única manera de mostrar al mundo que sin ese humanismo, sin ese gusto por la cultura, por hacer bien todo cuanto está en nuestras mans, nos convertimos en poco más que cosas, altamente tecnificadas, puede ser, pero cosas en definitiva, seres sin alma, sin vida y  sin historia, es decir, sin pasado ni futuro.
Leer esta novela nos enfrenta al auténtico éxito de la vida, ese éxito que la muerte no nos podrá quitar, creamos en lo que creamos o no creamos en nada. La victoria que consiste en haber sido uno mismo para los demás, sin caretas, sin engaños. Entregarse a una causa y vivir por ella, ser, en definitiva, la mejor persona que se haya podido ser, con nuestras limitaciones y errores. El señor Chips muere en paz consigo mismo y con los demás, será recordado sin imposturas y su legado tendrá continuidad. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Otros aspirarán a reconocimientos y honores, no serán felices si la gente no les señala por las calles o se sentirán víctimas de una terrible injusticia si la fama o la popularidad no les pone en el sitio que ellos creen merecer; el señor Chips (y tantos señores y señoras Chips como la vida nos regala) se contenta con, al final del camino, mirar atrás sin ira, saberse feliz por haber hecho feliz a los demás y, por qué no, con haber abrazado el ideal de la cultura como motor excepcional de nuestras vidas. Gracias a mi amigo Jordi he podido leer esta novela y gracias también a amigos como él sé que, pase lo que pase, algún día me encontraré con el señor Chips para tomar juntos una taza de té y hablar de los alumnos, de literatura, de deportes, en definitiva, de la vida. ¡Feliz lectura!

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