La destral, de Jacint Sala

por carles66

salaEs bien sabido que la emoción, la pasión, aquello que en definitiva hace que nos levantemos cada mañana con el depósito cargado, es tan difícil de compartir como difícil es, a veces, explicar nuestas filias y nuestras fobias sin resultar injustos o demasiado parciales. Cada día, frente a mis alumnos, me pregunto qué puedo hacer para que entiendan que, más allá de conceptos más o menos necesarios, estoy (estamos) tratando de compartir con ellos algo que puede hacerles felices por el mero hecho de que el aprendizaje de cualquier disciplina aporta una serie de valores y virtudes con los que la vida puede ser más llevadera, más justa, más hermosa. Si trasladamos esta dificultad al terreno del arte, el camino se vuelve más intrincado si cabe. ¿Cómo poder compartir la emoción ante un cuadro hermoso, en la lectura de un poema, en el aplauso final de una representación teatral? La formación es necesaria y ayuda, sin duda, pero el “duende” se esconde a veces tras curvas imprevistas, en recodos imposibles o al final de caminos sin salida. ¿Cómo descubrirlo, pues? Sin duda, cultivar nuestra sensibilidad es una de las mejores maneras. Hay que leer, escuchar música, ir a exposiciones, no negarnos ninguna posibilidad para experimentar y mejorar nuestra manera de percibir las cosas. Tras las lectura de La destral del poeta jacint Sala (El hacha), Viena, 2013, reconozco que me he sentido lleno de nuevas fuerzas, que ese depósito donde se almacena la posibilidad de emocionarnos ha aumentado su capacidad y, por ello, me ha permitido aprender, ser capaz de mirar las cosas de otra manera de ahora en adelante.

A partir de un diálogo entre un árbol y el río que que pasa junto a él, el poeta de Manlleu afincado en Vic camina con el lector por el camino de la vida, adviertiéndole de sus peligros y animándoles a vivir sus aciertos. Todo ello con versos lúcidos, irónicos y sinceros, llenos de una profundidad que te llena el alma y te serena. Poesía, es estado puro, un regalo a compartir.

CARIÁTIDE

Soy un poema vertical y estéril,
sin ramas ni frutos. No rimo.
Me recito en la luz que no me pertenece
y en mi copa no sestean
las querencias de un dominio: cariátide.
Escribo, en el silencio, más silencio
para saber cómo resuena el vacío antiguo
por donde corre la sangre que ya no es mía.
Frente a mí se halla lo Abierto. No sé sus medidas.
Sólo me llegan formas, predominio
de la antigua falacia que fui
y en la que parecía, iluso, que encontraría
cuchillos afilados por respuesta.
Árbol del agua, como un signo aterido
he hecho florecer tres ramas que no regresan
a pedirme dónde estoy y dan frutos
que no sé ni cómo se llaman. Ahora llega,
más allá de una techumbre que el atardecer enciende,
el momento de bajar hasta el más hondo
cobijo de los sentimientos y guarecerme en él.destral
No puedo ya caminar y no se me concede
ni el riesgo de adivinar dónde se halla Nusquam.
¡Qué molestia el mañana! ¡Qué impedimento
este estar-aún-en-mí incoherente!
No quiero volverme el sueño de nadie.
Ni de las cosas que ahora me necesitan
por ser cómo son, ni de otro poema;
ni de ningún gesto, ni de otro orgullo;
ni del afán obsceno de perdurarme.

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