Gracias, Gabo

por carles66

baixa (4)

Hoy no es un día como los otros. Por las calles y los edicificios, entre la gente y los comercios, se extiende una leve pátina de tristeza. Los rituales diarios no se desarrollan como otras veces. Falta Gabriel García Márquez, o mejor, hoy hemos sabido que Gabo se dirige con paso firme y sonrisa franca hasta ese Parnaso reservado a los que, con su escritura, han contribido a la felicidad de tanta gente. Tenía yo catorce años y apenas había empezado a garabatear con alguna intención algunos folios cuando nuestra profesora de Lengua y Literatura, Pilar Delás, nos propuso la lectura de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”. Un libro con semejante título prometía emociones fuertes. Comencé a leer:

“Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia. La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad del desierto, se estremeció hasta los estribos con la primera embestida. Pero Eréndira y la abuela estaban hechas a los riesgos de aquella naturaleza desatinada, y apenas si notaron el calibre del viento en el baño adornado de pavorreales repetidos y mosaicos pueriles de termas romanas.”

Y ya me quedé atrapado para el resto de mi vida. Cuando a veces algún descerebrado pone en duda el valor de los libros, de la cultura en general, rememoro con emoción aquella tarde remota en la que, entre pupitres desordenados y hormonas desbocadas, una buena profesora me llevó de la mano a conocer la literatura. Hace tanto tiempo de eso, que muchos no sabíamos todavía el nombre de todas las cosas y, para referirnas a ellas, las señalábamos con el dedo. Al cabo de poco, mi padre me regaló su ejemplar histórico de “Cien años de soledad” y ya no pude escapar del embrujo imposible de unas palabras como las otras pero dichas de una manera que las hacía únicas. Es por eso por lo que ya no me ofenden los cretinos, nadie puede quitarte, por mucho que ría en público, la sensación extraordinaria de leer y que se te dibuje en el rostro una sonrisa de agradecimiento, tan íntima que no hay viento que pueda derribarla.

Ahora, pasado el tiempo, siempre que abro un libro, lo hago con esa especie de respeto mágico con el que uno sabe que podrá conjurar su destino. Gabo me dio la llave de una puerta que, para mi fortuna y la de tantos otros, nunca se cerrará. Como su vida, jamás dejará de estar entre nosotros. Su legado, como el de los clásicos, está escrito con letras eternas,

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